Narración de Eduardo Segovia Santos
Lo
recuerdo como si hubiera sido ayer el primer día que aprendí a montar a caballo,
tenía como unos ocho años cuando por fin lo logre; recuerdo que en primer lugar
les tenía miedo al verlos tan grandes, y como corrían tan recio y lo primero
que me venía a la mente era yo cayendo de ese grandioso animal; cuando me entro
mas el miedo fue cuando yo mire ante mis ojos como un amigo se cayó de uno.
Tomar la decisión de montar fue muy sencilla ya que todos mis primos ya sabían
montar y ante ello me orillo a decir el sí, esto se debe a que la mitad de mi
familia la que esta departe de mi mama está en un rancho llamado “San Diego de Alcalá”
que está cerca de un municipio llamado “Canatlan” en el cual se dan las mejores
manzanas que he probado en mi vida, pero volviendo al tema como todos eran de
costumbres diferentes a las mías pues ellos tienden a realizar muchas cosas que
uno en la ciudad las viene aprendiendo de grande; pero el punto es que debido a
esto empecé a tratar de montar y no podría pedir un mejor profesor que mi papa;
no aprendí yo solo a la primera claro, al principio íbamos los dos en el
caballo para familiarizarme con él y perderle el miedo y aprender como
agarrarlo de la rienda para saber cómo hacerlo que pare y que avance cuando yo
se lo pidiera, hubo muchos días de estos claro pero el punto era aprender para
salir con los primos a dar la vuelta, ya que en un rancho andar en caballo por
la plaza central es como tener el mejor carro en la ciudad, bueno después de varios
días por fin aprendí a montar yo solo mas no del todo bien, pero la ventaja es
ya no ocupaba que alguien más fuera conmigo. Después de haber dado ese gran
paso lo que le siguió fue aprender a correr, el detalle de un caballo cuando
corre es que la persona que tiene que pararse un poquito para recibir un golpe
al dar el caballo un paso ya que si uno se queda sentado brincaría demasiado y sería
muy doloroso y a esto se debe esta postura.
A
los días de haber aprendido a caminar y a correr un caballo, decidí que por fin
ya podría salir con míos primos dar la vuelta y esos días de verano en caballo
fueron de lo mejor de la vacaciones; recuerdo claramente a todas las partes a
donde fuimos yo se que estaban cercas pero para mí aunque fuera a la esquina
arriba de un caballo era toda una aventura. A partir de esas vacaciones las que
venían eran mejor que la pasada, ya que todos los años vamos a visitar a todos,
y así conforme pasan los años la
aventura continua, actualmente mi papa compro un caballo que se llama “alazán”
y es de lo mejor no es bravo, es muy alto fuerte, de color café con el pelo
negro; para mí todo un sueño, en gran parte mi amor a los caballos se lo debo a
mi papa que la persona que nunca perdió la fe en mi y siempre estuvo con sus
lecciones constantes, nunca olvidare sus palabras que están marcadas en mi
cuando me cuidaba; “Siempre estaré
cuidándote”.
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